La comisión electoral estima que han votado siete millones
de personas, un número muy superior a los 4,6 millones de los comicios de 2009.
“Los enemigos de Afganistán han sido derrotados”, ha dicho el presidente de la
comisión, Mohamad Yusuf Nuristani.
En cualquier circunstancia, celebrar elecciones en
Afganistán sólo son posibles con financiación exterior. Estas han costado unos
100 millones de dólares, costeados por la ONU y gobiernos occidentales. El
Estado afgano no puede pagarlas.
Tres candidatos destacan sobre el resto: Abdulá Abdulá,
Ashraf Ghani y Zalmai Rasul.
Abdulá, de 53 años, ya se presentó en 2009, donde fue el
segundo más votado por detrás de Karzai con el 31% de los votos. Se retiró en
la segunda vuelta en protesta por el fraude en favor del presidente.
Ghani, de 64 años, es lo más parecido a un tecnócrata que se
puede encontrar en Afganistán. Fue ministro de Hacienda con Karzai. Alguien
como Ghani que ha tenido puestos directivos en el Banco Mundial aspira a
ciertas normas de contabilidad desconocidas en su país.
Rasul, de 70 años, es el candidato de Karzai. El presidente
no ha expresado en público sus preferencias, pero ya se ocupó de pedir a su
hermano, Qayum Karzai, que se retirara de las elecciones para no perjudicar a
Rasul. Hasta el inicio de la campaña, Rasul era ministro de Exteriores, pero lo
más importante es que ha estado al lado de Karzai desde la llegada de este al
poder.
Karzai se ocupará de marcarle el camino si Rasul es elegido.
Su residencia privada, 1.200 metros cuadrados de superficie, no demasiado para
lo que es habitual entre los caudillos tribales, está situada a no mucha
distancia del palacio presidencial.
El interés de EEUU
Para Washington, las elecciones se reducen a un enigma:
¿aceptará el vencedor firmar un acuerdo que permita la presencia de tropas
norteamericanas tras la retirada? Karzai se ha resistido, aunque da la
impresión de que no es porque se oponga, sino porque prefiere que sea otro el
que ponga la firma. Los tres favoritos han dicho que están en principio a favor
del acuerdo. No hay en Afganistán un Maliki como en Irak que se negó a suscribir
el pacto. Maliki necesitaba destacar sus credenciales nacionalistas tras varios
años de ocupación y tenía los fondos del petróleo para sostener al Estado. En
Afganistán las cosas no han cambiado: el 90% del presupuesto depende de fondos
que vienen del exterior.
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